• Argentina Mundo - Betty Danza - De Avellaneda en Almería

    Ha nacido en la ciudad de Avellaneda, provincia de Buenos Aires, Argentina. Confiesa que la escritura es una forma de terapia y, como tal, se vuelca en sus blogs Misivas y Reencuentros en Paz  y Blog de la gente, Betty Danza en Facebook  y Blayenka como firma, nos trae un relato que nos recuerda visitas nuestras a otros pueblecitos perdidos...

    Herrumbrados

    Un día, Estela, dejó de hacer caso a su madre, y se encaminó hacia la Sierra, a inspeccionar unos pueblitos lejanos, donde según su padre la gente, era muy distinta a la de la ciudad. Tomó por una ancha carretera, pasó sobre el puente de hierro, que unía Puerto Esperanza con su ciudad, diviso campos secos y abandonados, rocas, caminos de piedra, senderos de tierra sin asfaltar, árboles añejos, y allá a lo lejos una casa blancas que parecían estar incrustadas en las montañas, desde abajo hasta la cima, casas y más casas; algún que otro molino, unos viejos invernaderos de plástico, unos cuantos vehículos de trabajar la tierra y de paseo, herrumbrados y con los cristales hechos trizas, desperdigados entre los pastizales crecidos y la maleza sin cortar aparentemente hacía mucho, mucho tiempo, se entreveían maderas, herramientas, algún que otro girasol, amapolas, vinagreras, y cactus…

    Ella iba sin rumbo fijo, sólo tenía en mente conocer uno de esos pueblos, y también conocer a su gente, si eran tan diferentes, si tenía otras costumbres o tradiciones, no sabía por qué siempre le habían llamado la atención, cuando pasaban por la autovía, y ella se quedaba mirando el paisaje lejano, imaginando cantidad de cosas que podían ser tan reales como absurdas, era tiempo de dejar de elucubrar e investigar uno de esos pueblitos; a su paso el tiempo parecía detenido, como si hasta las horas se hubieran herrumbrado, congelado; “ni un perro sale a mi encuentro”, pensó para si, “pues estarán dentro de las casas tal vez”, se contestó ella misma; y apurando el paso dio con la entrada del pueblo, uno se daba cuenta enseguida, porque comenzaban a aparecer las primeras casas, una al lado de otra, y pequeños comercios; ¿qué nombre tendría éste pueblo?, ¿qué historia, qué Santos y señas?; muchos pueblos mantenían viva historias de entre 300 y 500 años atrás, sobre batallas y cruzadas, sobre nobles y señoritos, sobre mártires y santos, seguro era que aquí también tendrían alguna historia, y si no la tenían en algún momento algún abuelo o terrateniente de la zona seguro que había creado alguna, para mantener al pueblo unido bajo una identidad determinada, sino que nombre le pondrían al niño ¿no?...

    Comenzó a divisar personas, es decir habitantes del lugar, señoras que vestían igual que las mujeres de su barrio, con ropas del mercadillo, estos puestos que se instalan en los pueblos una vez por mes o dos, según lo compradores que sean, ya tenía algo en común ella también compraba su ropa en el mercadillo, ropa traída de china, dos o tres modelos de pantalones, dos o tres modelos de vestidos, dos o tres modelos de calzado, en dos o tres tonos distintos, todo con la base química del polietileno.

    Lo siguiente que notó, es que se anunciaban por mucho lados las fiestas patronales, ya había pasado el día del padre, de la madre, Semana Santa, San Juan, y parecía ser que aquí tenía su fiesta propia para el día de la Asunción de la Virgen , que llevaba por nombre Eduviges, Santa Eduviges y tres soldados romanos, que la habían salvado de la hoguera halla por el 1200, algo no cuadraba pero bueno, ella buscó en una librería, que era también estanco y venta de periódicos, alguien que le contara la historia de Eduviges y los tres soldados romanos, simplemente porque todo le intrigaba, aunque ya comenzaba a sentir lo que su padre le había adelantado, “uno siente que se ahoga, que no le cuadran las cosas, que la angustia y el desasosiego de esas personas se nos hace carne, uno quiere irse lejos, y no volver”, su padre era de un pueblito de la sierra al que no había querido volver, al fallecer sus padres, y no quedar allí ni un tío abuelo que visitar.

    Pues bien le dijeron algo así como que dicha señora, era de la nobleza y que había perdido la razón al enterarse que su esposo la engañaba con una mujer mucho más joven y pebleya, así salió a recorrer las calles desnuda para agraviar a su familia, y comenzó a delirar sobre apariciones, juicios finales, y salvaciones, aunque su nombre era Isabel, quiso ser llamada Eduviges, según su familia de sangre real, desde la época del mismo Jesús cristo; la niña sintió la primera desazón, pero no quedó ahí, se acopló un anciano que al oir desde afuera del local se interesó en meter su cuchara, y entonces, dijo así, pobre Eduviges, su esposo la mandó a quemar viva en la hoguera, para casarse con la jovencita y poder tener así más hijos, ya que Eduviges solo le había dejado una niña, comentó este señor que el pueblo recordaba a la otra sin nombre y de profesión cortesana de la corte, de tan solo 16 años; pues bien prendado por la joven y sin consideración alguna, no solo martirizó y abandonó a su esposa e hija de la cual no se sabía nada como había terminado sus días, que él mismo dio la orden de quemarla en la hoguera por blasfema; en esos momentos aparecieron del cielo y por arte de magia los tres soldados romanos, rescatando a Eduviges y llevándosela junto a Dios, siendo desde ese momento, una Santa y protectora a la cual no solo veneraban, sino que también les concedía todo tipo de pedido, y era ya una hacedora de milagros, conocida en otros pueblos también.

    Siguió su camino con una suave sonrisa en el rostro, entre creerse lo que le habían contado, ya que se lo habían relatado con tanta pasión que ella estaba por ir directo a la Ermita donde se encontraba la imagen de dicha Santa. Este  pueblo si, que tenía historia, se veían aun antiguas construcciones no muy sostenidas, ni sostenibles en las altas montañas, parecía que un fuerte viento las podía derrumbar, pero según le habían contado también el pueblo llevaba allí más de 1000 años, huyendo de otras épocas de encuentros y desbarajustes entre los de la mar y los de las cuevas. Todo era viejo para que decirlo, hasta el pequeño castillo que figuraba también en las pancartas donde se invitaba a las próximas fiestas patronales, de éste escuchó decir que no era bueno entrar en él, por eso lo había vallado en lo alto de la montaña, debido a que los últimos nobles, según contaban las malas lenguas, habían enterrado personas con vida  y hasta animales, y que en las torres donde abandonaban a los incorregibles de sus propias familias o enfermos, aun se oían de noche los lamentos, de todo esto se enteró en una de las oficinas de Correos, bueno la única que compartía el sitio con una pequeña biblioteca sin bibliotecario, y con pocos libros con la numeración antigua y casi ilegible; no se encontraban allí, ni atlas, ni mapas, ni globos terráqueos, ni libros de historia universal, ni del propio País, ni de la historia del pueblo, de esto último eran notas en papel amarillo, y cuadernos de tapa dura muy antiguos eso sí. Mas en las paredes estaban si bien pegados y en papel moderno las fiestas patronales…

    Estela dejó la biblioteca y siguió andando las calles, estaban aún empedradas, pero más bien desparejas, las fuentes de donde brotaba agua tenía las marcas del óxido, y las cañerías no parecían muy nuevas, el agua salía muy fresca, mas ella sintió temor de beber y que no fuera agua potable, así que siguió adelante. Se tropezó con un niño de unos 20 años, que iba hablando solo, al verla la miró y no hizo caso de ella, aunque ella le esbozo una sonrisa muy natural, el muchacho siguió su camino con la mirada perdida, y sin parar de hablar, como si fuera con alguien al lado, e iba sólo.

    Fue a dar a la plaza principal, sabía que era la plaza principal porque allí estaba la Parroquia, el Municipio, el Bar, la Barbería, el Banco, y el Juzgado de Paz, salía del Bodegón un aroma entre cigarros, café y guiso, por suerte no era su intención almorzar allí, llevaba en su mochila un zumo de frutas y un bocadillos; entonces siguió su camino, no estaba cansada aún estaba entusiasmada con lo que iba descubriendo, aunque muy bien no había elaborado todavía si era bueno, si era lógico, si era malo, si era tan distinto; eso si no la abandonaba la sensación de estar en un pueblo donde el tiempo se había detenido, le corría de vez en cuando un escalofrío por la espalda, y se imaginaba esos fantasmitas de dibujo, que parecen sombras de sábanas, por detrás de ella, como vigilándola, o acompañándola.

    Fue más arriba, y comenzó a acelerar el paso, aunque como la calle subía esto no era posible, las cuestas tienen eso, aunque uno quiera tiene que ir a paso lento, para que no nos falte el aire; siguió por unas callejuelas que se iban estrechando más adelante, y observó que se iban acabando las construcciones, ya no había tantas casas, ni personas, las casas que pudo observar en el pueblo tenía las fachadas pintadas, pero las ventanas y puertas envejecidas, con varias capas de pintura, se podía entrever entre las cortinas de telas claras aun bordadas en su mayoría, habitaciones con muy poca ventilación e iluminados pobremente, muchas de las casas tenían el acceso por escaleras hacia abajo, no tenían jardines, y algunas tenían masetas con bonitas plantas, por aquí no estaba la tierra para la siembra, eso se divisaba abajo del pueblo cerca de un hilo de agua que simulaba ser un arroyo, o tal vez lo había sido alguna vez, y digamos que lo que más se veían eran olivos, almendros, melocotoneros, cerezos, patatas y otras pocas cosas, que parecían ser huertas más bien familiares, de los mismos pueblerinos; poco verde circundaba el pueblo, y la plaza no tenía ni un árbol, eran en realidad arbustos recién plantados…de repente la interrumpió, para su alegría un grupo de pájaros pequeños y muy ligeros, que más que cantar, chirrían y daban un silbido agudo, era muy penetrante y a ratos parecía interminable; como si quedaran los pájaros atontados en una misma nota sostenida varios minutos, luego se hizo un gran silencio y echaron a volar, al mismo tiempo bajaba un niño de unos 16 años por el mismo sendero que ella subía, le dirigió la mirada como para saludarlo y éste ni se percató de su presencia, entonces tomó ella la delantera y lo saludó con voz fuerte, “Hey, Hola”, él sin mirarla le respondió “perra”, y siguió su camino cuesta abajo; sorprendida creyó que había escuchado mal, o que éste niño era una excepción, entonces siguió adelante, cuesta arriba, ya no había ni árboles, ni casas, y si en cambio mucha maleza, y pastizales; el camino se volvió muy empinado, y por momentos dudó en seguir con su expedición, tal vez sus padres tenían razón, no tenía sentido visitar el pueblo de sus abuelos, ya nadie vivía allí de la familia, y no llegaría ella a entablar amistad en un solo día, y de paso como una turista con ninguno de por allí.

    Recorrió unos 100 metros más, se acabaron las calles y senderos, a su izquierda vio una especie de torre vigía, a su derecha un portón muy antiguo que vaya a saber hacia donde conduciría, ya que era muy alto rodeado de muros muy altos, y sin posibilidades ni de recorrerlo por fuera,  es que se acababa el camino y aparentemente la montaña, delante de ella la montaña desaparecía y todo era cuesta abajo entre rocas, y más rocas; no dudó en pegar la vuelta, y comenzar a bajar la cuesta, entonces sintió que algo pasaba casi rozándola a mucha velocidad, era un muchacho de unos 30 años en bicicleta, ella insistió otra vez en trabar amistad, y le gritó “vas muy de prisa”, el muchacho sin detenerse y gritando le respondió “puta”; quedó perpleja, sino fuera que a su costado divisó una especie de mirador con bancos de plaza, y árboles que daban una muy refrescante sombra, en el cual había sentado conversando un par de ancianos que al verla inmediatamente le sonrieron, esto le devolvió el alma al cuerpo, y los saludó, a lo que esto le respondieron con mucha simpatía, “adios muchacha”, “adios pequeña”, otro dijo “es la niña de los”…no se enteró ella de quien, pero le bastó con el saludo, para tomar un poco de aire y continuar, para estas horas, de regreso hacia su ciudad.

    Bueno parecía que los jóvenes y adolescentes ya no tenían buenos modales, ni buen humor, y todo lo contrario los ancianos, tanto los que encontró en el mirador, como abajo en la entrada, en el mismo estanco donde se enteró de la leyenda, o mito, bueno da igual, es decir la historia sobre la patrona del pueblo más bien; lo importante es que iba terminando su viaje, como para retornar a su casa en la ciudad. Tenía pensado que si encontraba otro niño en el camino, o joven, le iba a gritar un color, para saber que respondía el niño, algo le hacia sospechar, que los jóvenes habían perdido la habilidad de la comunicación, y no solo por el escaso vocabulario, o por falta de educación, sino más bien eran actos reflejos sin pensamiento previo, como “si la evolución se hubiera detenido”, Estela, era una niña muy especial, con sus 16 años tenía mucha imaginación, el tiempo, la historia, las costumbres, la educación, ahora la evolución, de dónde sacaría esa niña, tantas tonterías le decía su padre a su madre. Se le dio la oportunidad, un niño de unos 10 años pasó a su lado con la bolsa de la compra, entonces ni corta ni perezosa, le espetó “negro”, el niño la miró y le dijo “blanco”, se sonrió y continuó sin más; ella no salía de su asombro, no entendía muy bien, pero un dolor agudo le oprimía el pecho, sentía un cansancio en sus piernas, un sudor recorría todo su cuerpo, y su rostro dejaba de tener aquella sonrisa que al principio, le sacaron con historia de pueblo los ancianos del lugar.

    Siguió bajando, ya sin tanto entusiasmo, los rostros y los cuerpos eran iguales a los de su barrio, hasta le había parecido ver a su abuelo entre unos viejecitos que caminaban hacia la plaza del pueblo, y también a un primo que se había ido a vivir a Barcelona, pero las miradas, los hombros, las voces, las respuestas, la esencia era muy distinta, personas muy diferentes a las que ella creía se encontraría allí; de pronto una pelota dio contra sus pies, levantó la mirada y se encontró con un pequeño de unos 5 años, al lado sentada en una mecedora una mujer muy joven que parecía ser su madre, Estela le devolvió con las manos la pelota al niño, éste le sonrió, y su madre le sugirió que agradeciera, ¿cómo se dice pequeño?, entonces el niño dijo ¡Gracias Seño!, su madre sonrió, y le dijo no es la seño, pero el gracias está muy bien, que no se diga que en el pueblo de la Eduviges, no tenemos educación; Adiós dijo Estela, agitando su mano, compartiendo sonrisas con los últimos habitantes que se encontró a la salida del pueblo de Santa Eduviges, y vio con agrado como el niño también, movía sus manos y gritaba “adiós”, “adiós”

    Blayenka

    Hasta aquí el relato de Betty Danza, esa maestra de escuelitas de San Carlos de Bariloche que ahora busca nuevos senderos por Almería, en España.

    Eduardo Aldiser 
    Argentina al Mundo un punto de encuentro de los argentinos en el mundo

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