• Argentina Mundo - Luis Buceta apunta a los profetas de las desgracias

    Y con certeras palabras, este profesor, psicólogo, sociólogo y escritor español, Luis Buceta Facorro, de las tierras gallegas de Pontevedra y residente en Madrid desde muy joven, analiza y propone pensamientos ante la avalancha de catastrofistas. Ha dado conferencias y participado en clases magistrales en universidades de Argentina.  Del profesor Buceta  hemos publicado Para Argentina Mundo. La Lección de un Papa, por Luis Buceta Facorro y hay aportes suyos en Habemus Papam y es argentino. Francisco 1º

    La Fuerza Oculta del Pensamiento

    Luis Buceta Facorro


    Recuerdo que las XIX Conversaciones en el Valle, celebradas este año 2013, terminaba su díptico de presentación con las palabras del Papa Juan XXIII, en la inauguración del Concilio Vaticano II: “Llegan a nuestros oídos ciertas insinuaciones que emanan de hombres de ardiente celo, sin duda, pero carentes de amplitud de espíritu, de discreción y de mesura, que no ven en los tiempos modernos más que prevaricación y ruina. Nos parece necesario manifestar nuestro desacuerdo con esos profetas de la desgracia que siempre están anunciando calamidades y casi la inminencia del fin del mundo”. El tema general de este año “Las fuerzas ocultas del Poder” era realmente ambicioso y peliagudo, pero, también, lleno de sugerencias y necesario de ser abordado, como cualquier otro camino de pensamiento que pueda dilucidar las fuerzas que, ante nosotros, se presentan como influyentes en las decisiones que afectan directamente a nuestras vidas.

    Desde este punto de vista, planteo que en el campo de las influencias, aunque parece que pasa inadvertido, está el mundo del pensamiento y de los grandes pensadores, que vienen marcando principios y conceptos que constituyen fuertes marcos de referencia, en la formación de actitudes prevalentes y, en consecuencia, influyen en la conducta de las personas.

    Como cristiano, quiero plantear, como una hipótesis de trabajo y con toda la humildad de que puedo estar equivocado, una idea que ronda en mi cabeza, en orden a comprender la llamada crisis de valores y la posición negativa que la sociedad actual occidental tiene hacía la religión y, especialmente, hacía la religión católica. No puedo profundizar, en un simple artículo, pero quiero plantearlo como tema de reflexión, consciente de su carácter polémico. Que nadie piense que no soy consciente de que en el mundo se produce una permanente lucha entre los que construyen y los que destruyen, entre el bien y el mal, entre el odio y el amor, con personas desfallecientes, con imposibilidad de alcanzar una sociedad perfecta, con humanos perfectos.

    El rechazo y la condena, simple y radical, es la que ha prevalecido para todos aquellos pensamientos y pensadores, que se producen fuera de lo que los ortodoxos radicales consideran que es contrario y ataca sus cerrados conceptos. La negación y la exclusión ha prevalecido sobre el análisis sereno y la búsqueda de algún elemento positivo que nos ayude a pensar y, posiblemente, a purificar “nuestros” principios, pensamientos y actitudes. Entiendo que en todo pensamiento, por muy heterodoxo que pueda ser, hay elementos positivos, aunque sea una mínima parte, que deben ser aprovechados para reflexionar sobre nuestros propios conceptos y su aplicación a la vida real que, nosotros, cristianos, podamos tener.

    Esto significa una nueva actitud de apertura no utilizada, aunque sea tímidamente, hasta el siglo XIX, por el clericalismo imperante.  Solamente han mostrado esta actitud pensadores, puestos en entredicho o declarados heterodoxos. El libre pensamiento no ha prevalecido en nuestro ámbito y una profunda ortodoxia ha cerrado el camino al pensamiento y la reflexión.  Esta nueva actitud de apertura comienza realmente con Leon XIII y su Enciclica “Rerum Novarum”. Hasta entonces hemos estado a la defensiva y rechazando simplemente muchas cosas que luego, cincuenta años más tarde, no solo vamos a aceptar, sino a defender ardientemente.

    Llamar “Contrarreforma” fue un grave error que muestra esta postura de “estar en contra”, y crear la Inquisición, implica un estar a la defensiva precisamente la religión que tiene los grandes principios para abrirse al mundo y ofrecer la base de un desarrollo humano y social positivo y fructífero. Esta nueva actitud de apertura, significa oír, escuchar y analizar, si de verdad queremos comprender los tan cacareados “signos de los tiempos”, que, hasta ahora, han constituido más palabras de discursos y declaraciones abstractas, que serios intentos de conocer esos signos y aplicar nuestros conceptos y principios en la forma adecuada a ellos.

    Debemos preguntarnos la razón de su fuerza de atracción, su existente influencia en el pensamiento moderno, y en el cambio de valores, actitudes y conductas, sin que podamos ofrecer, a cambio, una oferta acorde con el signo de los tiempos que atraigan y convenzan. Esto significa que hay que sustituir el repudio, por el análisis racional de aquellos pensadores que, incluso, han atacado y renegado de todo pensamiento religioso. Es posible que en los que más se han considerado enemigos acérrimos de la Iglesia y la religión, dentro de sus diatribas, exista el germen de comprensión de los signos de los tiempos, por lo que hay que estar atentos y examinar concienzudamente sus contenidos y no despacharlos con una simple negación condenatoria.

    En algún sitio he leído que un teólogo protestante, llegó a decir que los católicos, por nuestra rigidez, no creíamos en el Espíritu Santo, pues algo de verdad, al menos en tiempos pasados hay de esto, pero parece que empezamos a analizar que “los caminos del Señor son inescrutables” y que el Espíritu sopla “donde, cuando y como quiere”, y, por lo tanto no debemos negar, rotundamente, que no pueda emplear a grandes pensadores para poner el dedo en la llaga de nuestros defectos y posibles equivocaciones, proporcionándonos las claves de por donde deberíamos corregir nuestro camino sobre la tierra.

    Hay que tener la humildad de considerar y distinguir, para comprender y aprovechar. Algo de esto hay cuando el Vaticano II habla de las Semillas del Verbo “presentes en las religiones no cristianas”, o cuando Juan XXIII habla de la “sustancia del depósito de la fe y el modo como es presentado”. La Verdad puede ser una pero los caminos a transitar hacía ella pueden ser muchos. Considerar  que solo hay un camino y, además, que ese es el que establece un determinado grupo, por amplio que sea, lo presiento como un gran error, máxime en una religión, como la católica, que es y tiene vocación  universal.

    Para ahondar en este punto, hay que tener mucho amor a los hombres, si realmente creemos y predicamos que somos hijos de Dios y herederos redimidos por Cristo. Con frecuencia se utiliza la profunda afirmación de San Agustín: “En lo esencial unidad; en la duda libertad y, en todo, amor”. Cuantas veces se habrá pronunciado y repetido por los fundamentalistas del pensamiento cristiano, y que pocas veces, por no decir, prácticamente, nunca, han aplicado tan sabia conseja, como pueda observarse por la historia de nuestra Iglesia o Iglesias, que en vez de atraer y acoger amorosamente a todos los hombres, se ha dedicado, con demasiada frecuencia, a expulsar y rechazar.

    La cuestión, que simplemente esbozo, es si en el pensamiento, no ya de pensadores cristianos que han sido relegados, vituperados y escarnecidos, hay contenido y valores aprovechables, que estoy convencido que, en muchos casos, había más razón, realidad y verdad que la de aquellos que los condenaron, sino, también, si en aquellos considerados acérrimos detractores y enemigos, no hay un anuncio, diría “profético”, de la liquidación de una época negativa y nefasta y el anuncio o la semilla de una nueva época de relación y comprensión entre los hombres, con respeto profundo a su dignidad y libertad y, por consiguiente, más acorde con al mensaje cristiano.

    Es posible y más bien cierto, que sus criticas a la religión no representan un total rechazo a la misma, aunque así lo expresen, sino una crítica contra las acciones persecutorias, intolerantes, fanáticas que han ejecutado ciertos creyentes en nombre de la religión y su defensa, lo que representa y debe ampliarse a sus críticas contra las prácticas de intolerancia política y social.

    Olegario González de Cardedal, al que tengo en alta consideración como pensador católico, en una tercera en el diario ABC (13 Febrero 2013), señala que: “Desde Feüerbach, Marx, Freud, Nietzsche y Heidegger está viviendo occidente grandes conquistas en un sentido, pero a la vez la anulación de la dimensión suprasensible y trascendente al mundo de los hechos”. Pues bien, lo que hay que analizar son esas grandes conquistas y tenerlas en cuenta para aplicarlas a la vida real  y así estar acordes con la necesidad de los tiempos que se avecinan.

    Sé podrían añadir muchos otros, como Voltaire, los componentes de la Escuela de Frankfurt, por descontado los llamados heterodoxos españoles y un gran etc., desde Erasmo, pasando por la Ilustración hasta nuestros días. Personalmente un caso flagrante de incomprensión y vituperio es  Sigmund Freud, el más profundo pensador sobre la estructura funcional del ser humano, una estructura de la personalidad que tiene un rico contenido, hasta ahora no superado, para llegar a entender una ética-religiosa, que permite una amplía concepción de la realidad humana, que a su vez lleva a una posible adecuada aplicación moral al comportamiento humano.

    En fin, pienso que la acción profética puede venir por vericuetos incomprensibles e inesperados. No veo que mi planteamiento sea original, pero sí considero necesario insistir en ello. Ultimamente he recibido dos trabajos que van en esta línea: uno sobre “La Religión en Voltaire” del agustino Isaías Díaz del Río publicado en la revista Altar Mayor nº 148, y otro sobre “León Tolstoi, Un Profeta Político y Evangélico”, de Antonio Blanch publicado en Cuadernos de Cristianismo y Justicia nº 183.

    Siento no tener tiempo,  por mis años, para estudiar este fenómeno profético, pero lo que es indudable es que estos pensadores han influido decisivamente en los cambios sociales de los últimos tiempos y han sido fuente, a veces subterránea, de los cambios de conducta en nuestras sociedades. También su pensamiento ha influido en el propio pensamiento y actitudes de la Iglesia Católica, como reflejan las Encíclicas de los papas a partir de León XIII y de lo manifestado en el Concilio Vaticano II, aún poco digerido y menos aplicado a la vida y necesidades de las personas reales y concretas. Las aportaciones de Benedicto XVI son de una profundidad y dimensión incalculables y sus efectos se verán cada vez más como luz que ilumina. El nuevo Papa Francisco, como me dijo una nieta mía de once años, produce buenas sensaciones y, puesto que la “fe cristiana es esperanza” (Benedicto XVI), esperemos que alumbre un futuro lleno de un mensaje de paz y serenidad ofrecido al mundo entero, no como “profetas de la desgracia”, sino como personas de “amplitud de espíritu”.

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