• Desde Argentina Roberto Chavero dice… Yo consumí Paco de pibe

    Pasados los años, miro mi paso de la infancia a la adolescencia, esa etapa que hoy llaman  “preadolescencia” y que aún no sé qué tiene de pre o de pos. Puedo afirmar, ahora,  que las etapas de la vida nada tienen que ver con la edad. Como las civilizaciones, debiéramos medir esas cosas en función de los hechos producidos  o acontecidos en la vida de cada ser.

    Los despertares son múltiples, variados, dulces y amables o brutales y desgarradores.  Con qué contamos en esos momentos y cómo lo usamos,  es lo que puede ayudar a entender qué etapa de la vida transitamos.

    En mis 13 o 14 años mi padre  andaba por España, con mucha aceptación por parte del público y la prensa entendida. Siempre regresaba con obsequios para la familia. Delicadezas para mi madre y a mí me tocaban  herramientas para asomarme a la vida y empezar a desenvolverme en ella.

    Desde bastante pequeño sentí una inclinación por la poesía clásica y me gustaba recordar coplas o fragmentos de ellas. Me provocaban una sensación de cercanía con las cosas importantes de la vida, aunque no tuviera demasiada idea de lo que estas eran. Algo empujaba hacia arriba dentro mío, como un viento Sur cuando limpia los cielos. 

    Fue entonces que empecé a mirar la vida y el arte con el Paco. Un Paco que me mostró, con su claro prisma, a través del humo y la polvareda de batallas y de guerras, la lucha sostenida por  multitud de poetas  y artistas, entre los que estaba mi padre, a favor de la libertad del espíritu para desterrar   la mercantilización de todo lo humano.

    El Paco del que hablo es valenciano de origen, vasco por empecinamiento. Paco Ibáñez. El hijo preferido de mi padre.

    Vislumbré, entonces, que había cuestiones esenciales y nunca estaban en discusión, ni aún en las mesas más revolucionarias. Con cuánto silencio intentaron sepultar sus voces. Aparecían los “salvadores” de la patria, en democracia o en dictadura, siempre con  la “inteligencia” o con la  metralleta para imponer o callar razones.

    Y me armé, para la vida, con los simples versos y canciones que Paco Ibáñez  me  regaló desde sus LP: Lorca, Jaime Gil de Biedma, Celaya, Miguel Hernández, Blas de Otero, Goytisolo, León Felipe empezaron a conformar una edad  interior, una etapa de mi vida que se prolonga hasta estos días. Cómo definir esa edad?  Qué especialista podría definir con certeza, la edad que me dieron esos hombres alzados en versos.

    Porque soy irrenunciable, diría Pablo Neruda, sostengo que nuestros niños y muchachos debieran consumir mucho Paco. Para entrar en esa edad sin tiempo, con horizontes tan amplios y luminosos, que son como un infinito balcón a la vida. Para comprender desde el alma el sentido de la vida, de nuestra propia existencia sin demasiados discursos, ni explicaciones.

    Los poetas, los verdaderos, todo nos lo dicen en un par de líneas. Paco Ibáñez es uno de sus mensajeros. Imprescindible. Sus discos no se consiguen. ¿Casualidad? No.  Los dueños de las cadenas, de los grillos, los de acero, saben a quien favorecen y a quien no.

    Hoy que todo es “democrático”, no recurren a la metralla. Pero por las dudas, siempre tienen a mano alguna “herramienta” cuando la “inteligencia” no alcanza.

    Como escribiera Eluard, hay otros hombres y otros mundos en este mundo.  Cueste lo que me cueste, prefiero esos otros mundos, esa edad humana, sin cronología calendaria, que cada tanto de manifiesta a través de un elegido  y nos golpea las paredes interiores para que despertemos a la luz.

    Llegué desnudo y limpio al mundo, apenas salpicado con un poco sangre de mi madre. Quiero irme igual, cantando  y mirando de frente a los claros  ojos de la vida.

    Hago mías las faltas
    siento en mí a cuantos sufren
    y canto respirando.
    Canto y canto, y cantando
    más allá de mis penas
    de mis penas personales
    me ensancho, me ensancho.

    Porque vivimos a golpes
    porque apenas si nos dejan
    decir que somos quien somos.
    Nuestros cantares no pueden ser
    sin pecado un adorno;
    estamos tocando el fondo,
    estamos tocando el fondo.
     
    Versos de Gabriel Celaya

    Roberto Chavero, Cerro Colorado, Córdoba, Argentina
    Argentina Mundo por los caminos de la poesía del mundo

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